lunes, 14 de enero de 2013

La generación del salario mínimo

La receta no es nueva, pero vuelve a poner de manifiesto la única ecuación en la que confía la patronal para paliar el drama del desempleo juvenil en España: a más precariedad y temporalidad en el trabajo, menos paro. El presidente de las pequeñas y medianas empresas (Cepyme), Jesús Terciado, dijo la pasada semana –sin dar muchos detalles– quela patronal estaba estudiando de nuevo un contrato especial para jóvenes menores de 30 años que tuviera como referencia el Salario Mínimo Interprofesional, es decir, el tope mínimo que se puede pagar a un trabajador por una jornada a tiempo completo y que ahora se sitúa en 645,3 euros.



El anuncio acaparó pronto las críticas de los sindicatos, que la tacharon de discriminatoria porque supondría excluir a los jóvenes de la negociación colectiva. También reaccionó la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Joaquín Nieto, director de la oficina española de esta institución, lo rechazó y aseguró que la solución pasa por establecer empleos sin ningún tipo de "discriminación" y con condiciones mínimas de "salud y seguridad". Pero, ¿qué piensan los hipotéticos perjudicados de una medida que los empresarios llevan tiempo rumiando?

Julio Couselo, de 28 años, sabe lo que es mirar su cuenta bancaria a final de mes y ver una retribución similar a los 645 euros que marca el salario mínimo. Periodista, colabora con dos medios y tiene ingresos variables. Es uno de esos jóvenes que tiene que transigir con una fórmula de precariedad cada vez más extendida, la de los falsos autónomos. Lleva años trabajando para las mismas empresas, pero nunca le han hecho un contrato. De hecho, en una ellas, una agencia de noticias, le pagan a 6,5 euros la crónica. Sólo en los "meses buenos", y juntando de aquí y de allá, logra hacerse con unos 800 euros, aunque a esa cantidad tiene que restarle los 180 euros que le cuesta pagar su cotización a la seguridad social. Al llevar ya un año y medio de autónomo, a partir del próximo mes esa cifra ascenderá a 250 euros. "Compartía piso, pero tuve que volver a casa de mis padres a pesar de que vivo en Pontevedra y los gastos en una ciudad pequeña siempre son menores. Estoy cansado de vivir al día, siempre en precario", señala. Por eso piensa en hacer las maletas y marcharse de España. Como tantos desde que comenzó la crisis.

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