lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Adiós a la ciencia española?

Sostengo que una buena historia de la ciencia generada en España está por hacer. Análisis de por qué nuestro país nunca ha estado a la vanguardia del progreso científico y técnico se han hecho muchos y algunos, como el de Santiago Ramón y Cajal son, simplemente, admirables. Pero historia no, porque lo de Menéndez Pelayo no fue más que un derroche de (pseudo)erudición cuyo único objetivo era demostrar que la fe católica no había impedido el desarrollo de una ciencia española. Nada menos que Ortega y Gasset dijo que lo que demostró Menéndez Pelayo con su historia era justo lo opuesto: que no había existido apenas ciencia española y que la poca que existió lo hizo a pesar de la iglesia católica. Tómese nota para lo que vendrá después, que uno de los diagnósticos del mal (que obviamente llevaba implícito el tratamiento) que hizo don Santiago a principios del siglo XX era que los jóvenes españoles viajaban poco y sólo emigraban para ganarse el pan y no para aprender.

En esa futura historia de la ciencia española brillarán dos periodos: la Segunda República y la década de 1980. Centrémonos en este último periodo de la democracia postfranquista. Ya bajo los agitados e inciertos tiempos de la UCD del presidente Suárez se intentó organizar la investigación científica de manera razonable. De aquella época datan unas siglas que se hicieron muy queridas: CICYT o Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología, lo cual indicaba el interés acertado de implicar a distintos ministerios en el asunto. En cuanto la reconversión industrial se culminó y se asentó el gobierno del PSOE, el ministerio responsable del ramo (cuyo nombre cambiaría mil veces hasta llegar a la situación actual en que la ciencia ya no tiene ministerio) se llenó de gente curiosa: científicos formados la década anterior en centros de excelencia extranjeros.

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