Más allá de la finalidad de la prueba -un misil de largo alcance o la puesta en órbita de un satélite científico-, lo cierto es que Corea del Norte sorprendió a Occidente y a sus aliados en la región con el éxito del lanzamiento de un cohete a mediados de diciembre, más si tenemos en cuenta las burlas con las que acogieron un intento similar a principios de año y que resultó un fracaso.
Pyongyang muestra así músculo tras el fiasco de abril, refuerza la imagen de sus dirigentes en clave interna, resaltando el liderazgo de Kim Jong-un, al tiempo que homenajea a su padre, Kim Jong-il, muerto hace un año; un mensaje cifrado para Seúl, que celebraba elecciones unos días después; y sobre todo una forma de presionar a Washington para retomar las negociaciones en búsqueda de un acuerdo global (energía y alimentos), lo que algunos han podido definir como el uso táctico de la energía nuclear.
Si esa maniobra norcoreana provocó nerviosismo en EE.UU. y sus aliados, el líder de la RPDC ha pedido estos días el fin de la confrontación entre ambas Coreas en su mensaje de Año Nuevo. Con este llamamiento a poner fin a la división del país y conseguir su reunificación lanza un guiño a la vecina del sur, tal vez con la esperanza de poner en marcha las negociaciones y el acercamiento que se labró hace algunos años.
Las elecciones presidenciales de Corea del Sur, por su parte, han supuesto el triunfo de la conservadora Park Geun-hye, que derrotó al candidato de centro izquierda Moon Jae-in (51,6% por 47,9% ). La escasa diferencia entre ambos contendientes nos muestra una fotografía marcada por la profunda división política que vive el país desde hace tiempo, a la que hay que sumar las grandes divisiones generacionales y regionales.
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