Varios ejemplos lo confirman. Tras la alta participación registrada en las elecciones presidenciales francesas de la pasada primavera –de casi el 80% en sus dos vueltas–, la abstención subió hasta el 44,6%, cifra sin muchos precedentes, en los comicios legislativos para la formación del nuevo Parlamento, la Assemblée Nationale, de sólo dos meses después.
En junio también se celebraron elecciones en otros cuantos países y en todos ellos la participación cayó de forma significativa. En las elecciones generales portuguesas de ese mes, la abstención alcanzó el 41%. En las griegas de esos mismos días, y aun cuando todos los partidos, particularmente el izquierdista Syriza, habían hecho un gran esfuerzo de movilización, no votó el 38% de los que podían hacerlo. Y, aunque este no es precisamente un ejemplo de sistema democrático pleno, en la última vuelta de las elecciones presidenciales egipcias la abstención fue del 65%.
En el referéndum sobre la adhesión de Irlanda al pacto de estabilidad fiscal europeo un 50% de los ciudadanos se quedó en sus casas. En septiembre, han tenido lugar las elecciones generales holandesas: la participación del 73,8% ha sido la más baja desde 1998. Y eso que el Gobierno había tomado toda suerte de medidas para incitar a la gente a votar: se instalaron mesas electorales en las estaciones ferroviarias, en antiguos almacenes, en el aeropuerto internacional de Amsterdam y hasta en playas y cuarteles de bomberos. Y, además de que los ciudadanos podían decidir libremente dónde votar y no estaban obligados a hacerlo en su lugar de residencia, los partidos podían seguir emitiendo propaganda electoral hasta durante el día mismo de las elecciones. En las municipales belgas de octubre –en ese país el voto es obligatorio– los abstencionistas han encontrado un hueco para expresarse: la suma de ausencias justificadas y de votos en blanco o nulos ha rondado el 25% en las grandes ciudades.
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