sábado, 17 de noviembre de 2012
Discapacidad: si no puedes quejarte no existes
Quiero contar una experiencia que llevo viviendo estos días y que, cada vez que se la comento a alguien, me mira con extrañeza, sin tener ni idea del tema, lo cual me parece increíble.
En primer lugar, os voy a contar un poco sobre mí y de cómo he llegado a esta situación, para que podáis entenderla un poco mejor.
Soy fisioterapeuta en una unidad de día que atiende a discapacitados cognitivos severos en Granada. Cariñosamente suelo llamarles "mis niños", aunque la inmensa mayoría son mucho mayores que yo.
Entré a trabajar con ellos hace dos años aproximadamente, y al principio era muy duro: nunca había trabajado con este tipo de personas y llegué a sentirme incapaz de ayudarles porque precisaban muchísima atención. A veces reconozco que sentía asco, que las babas, las secreciones en general y demás necesidades fisiológicas me revolvían las tripas, y eso que yo no me ocupaba de ellas. Y poco a poco, la reticencia unida a la necesidad de trabajo, me hicieron ir comprendiendo, asumiendo y dejando a un lado mis remilgos a la hora de tratar con mis pacientes. En unos pocos meses, el miedo dio paso a un espíritu de superación que no creía poder tener: si un usuario era especialmente complicado, no solo a la hora de tratar, sino también a la hora de entenderle o ayudarle, se convertía en un reto que entre mi compañera y yo intentábamos solucionar con cualquier medio disponible.
Poco a poco, fui adquiriendo tablas, sentidos y conocimientos en el mundo de la discapacidad, hasta el día de hoy, que sigo aprendiendo un poco más de ellos, aunque a veces acaben con mi paciencia o no pueda ayudarles tanto como yo quisiera.
Después de decir todo esto, voy al tema que quiero tratar realmente. Hace unos meses, comenzaron a llegar rumores a mi trabajo que hablaban de que la Junta de Andalucía no estaba pagando sueldos. FEAPS, que es una asociación que reúne a todos los discapacitados de Andalucía, comenzó las protestas, pero jamás las oí en ningún sitio que fuera la boca de mis compañeros. Mientras tanto, a nosotros nos seguían pagando, los jefes tenían su sonrisa y el dinero en el banco puntualmente. La primera noticia oficial llegó en diciembre de 2011, donde nos dijeron que no habría cesta de Navidad. Aunque la medida no nos gustó a ninguno, a fin de cuenta trabajamos cerca de 200 personas en la empresa, por lo que es mejor no tener cesta de Navidad que no tener compañeros. Sin embargo, el único comunicado que nos llegó fue que no habría cesta y que la Junta no estaba pagando sueldos. Nosotros seguíamos recibiendo el sueldo con normalidad ( un sueldo escaso, casi irrisorio por culpa de un convenio que está muy por debajo del convenio normal para, por ejemplo, un fisioterapeuta), seguíamos trabajado como cada día y todo iba bien porque nuestra empresa sí tenía dinero para seguir pagándonos aunque la Junta no pagase las plazas concertadas (básicamente todas). Así llego el mes de Enero, sin noticias. Pasaron los meses y llegaron dos nuevas noticias: la Junta pagó algo del atraso, aunque no se había puesto a la altura del mes actual y habría un cambio de convenio. Si bien las dos noticias podrían parecer un buen augurio, lo cierto es que ninguna lo fue.
En cuanto al pago de la Junta, se pagó el equivalente a unos pocos meses, pero se dejó de pagar. A día de hoy, el atraso acumulado es mayor que el anterior (en mi empresa nadie nos informa de cuántos meses, todo parece un gran secreto del que los trabajadores no formamos parte) y aunque seguimos recibiendo nuestro salario procedente de la empresa, que parece ser que tiene un buen tirón, no sabemos hasta cuándo ni en qué condiciones.
En cuanto al convenio, la cosa es irrisoria. No solo pasamos de recibir un sueldo mísero para el trabajo que realizamos todos (tanto profesionales titulados como los cuidadores, que sobrepasan con creces las 40 horas semanales) a uno aún peor (aproximada un 5 a 10% menos) sino que además se nos redujeron los días de asuntos propios, puentes, vacaciones (pasamos de un mes por año a solo 21 días) y derechos. Para que se hagan una idea, un fisioterapeuta cobra según el convenio general de Granada unos 1200 € por 40 horas a la semana, sumando pluses puede llegar a ser de unos 1650€. Con el convenio actual que entró en vigor en septiembre, un fisioterapeuta que trabaje en un centro asistencial de atención al a discapacidad cobra menos de 1.100€ al mes por las mismas horas semanales y con el único plus de antigüedad (por otra parte imposible de conseguir, puesto que, aprovechando las actuales leyes laborales, nos despiden y contratan en vacaciones para no acumular trienios mientras puedan). Y por propia experiencia puedo decir que se reciben menos de 900.
Por último, las recientes noticias tras una reunión de varios centros con FEAPS en Sevilla, comentan que la Junta NO va a pagar lo que debe y que, por el momento TAMPOCO va a pagar los meses actuales. La ratio de usuarios/profesional se va a aumentar de 15 a 20 por profesional, lo que va decaer y mucho en la capacidad de atención y posiblemente se recorte un 10% de plantilla, el horario y el comedor.
Todo lo que se percibe con ese escrito es que se ha recortado en sueldos, en derechos y que no se recibe dinero. Hasta aquí podría ser la historia de cualquier trabajador, pero ahora vamos al tema en cuestión: ¿En qué afecta a los discapacitados?
Este es el tema más importante, puesto que cualquier recorte, cualquier descontento y cualquier supresión afecta de forma muy directa a los discapacitados.
Mis niños, que no saben hablar, que a penas se mueven con normalidad y que no entienden de recortes ni de partidos políticos o crisis se encuentran con lo siguiente: menos profesionales que los atiendan, que los aseen, que los vigilen y que les proporcionen lo que necesiten en cada momento. Ellos solo entienden que ahora van a tener que esperar más tiempo para ser atendidos, que hay menos dinero para sus tratamientos (cientos de pastillas, artículos de ortopedia, pañales, alimentos especiales...) que cuentan con menos profesionales y que no pueden decir nada. Sus padres, incansables y ya fatigados con el paso del tiempo, protestan, se manifiestan y luchan, pero no se oyen. Nosotros, los profesionales, a veces avariciosos pensamos en nuestras cuentas corrientes, que son importantes, pero también en los niños que están a nuestro cargo. Nuestro trabajo comienza a no ser rentable, a no estar acorde con el salario recibido y cada vez disponemos de menos tiempo. Inevitablemente, el nivel de trabajo, de entrega y de sacrificio no se ve recompensado, por lo que va disminuyendo mientras aumentan los murmullos, el descontento y el miedo. Mi compañera y yo, dos fisioterapeutas para un total de 69 usuarios con necesidades realmente importantes. Una situación sin duda horrible para todos, y sin luz al final del túnel.
Y creo que este es un buen resumen del panorama que estamos viviendo en España, donde la discapacidad no se escucha porque no puede gritar, donde los profesionales estamos infravalorados y donde, el que acaba tragando es el más débil.
Artículo completo: http://www.granadafisio.es/web/Blog_Fisioexperience/Entradas/2012/11/15_Discapacidad__si_no_puedes_quejarte_no_existes.html
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario